Para descubrir nuestro camino es necesario volver dentro de uno mismo y hacia atrás. En el origen de cada persona hay una visión, una vocación, una voz que llama. Estamos llamados a realizar la visión que el Creador tiene sobre nosotros, que es el amor. Para ello, Él nos da el tiempo, nos hace encontrar a las personas, nos ofrece dones y talentos. Y puesto que nuestro fundamento está puesto en un Dios que nos crea dirigiéndonos la palabra, Él nos es accesible a través del diálogo. Por eso la vocación se realiza en el diálogo, no como la ejecución de una imposición. Pero el amor presupone un largo camino para llegar a su madurez. En esta llamada hay etapas. Uno se compromete con su pareja, o entra en el noviciado o en el seminario, con una gran buena voluntad, pero también con muchas ideas propias. La elección es lo máximo que ha podido hacer en ese momento. Se requiere entonces que muera a sus propias ideas, a las expectativas, para resucitar a una vida de sinergia, que es suya y de Dios a la vez.
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